Recuento de la zona central:

Poesía Escrita Por Mujeres

 

Por: Yanetsy Pino Reina.

Escritora, profesora e investigadora. Sancti Spíritus, Cuba.

 

La poesía escrita por mujeres de la zona central de Cuba puede caracterizarse desde las peculiaridades de un discurso a partir de recurrencias o isotopías conceptuales con implicaciones ideológicas que se convierten en estrategias al funcionar como recursos de autolegitimación y representación de la identidad femenina.

2. Recurrencias o isotopías conceptuales

Dentro de las temáticas recurrentes o isotopías conceptuales en la poesía escrita por mujeres de la zona central de Cuba, están el poder y los deseos. Cuando uno analiza la obra de estas autoras, salen a la luz cuestiones explícitas e implícitas relativas a la asunción de poder nominativo e interpretativo y a la proyección del deseo como mecanismo de denuncia y resistencia en el discurso.

2.1 Poder

El hecho de considerar el poder como una microfísica en una red de relaciones donde participan sujetos, instituciones, grupos, que desencadena relaciones con «resistencias múltiples», nos lleva a los criterios de Pierre Bordieu que conceptualiza esta categoría de forma similar, aunque unido a otras, como dominación y sumisión. Según Bordieu (1998: 121) el poder ha venido y viene asociado también a la dominación. Cualquier tipo de dominación implicita la sumisión; y la sumisión que remite la dominación masculina, es una especie de sumisión paradójica.

La sumisión paradójica comprende el proceso dialéctico en que la mujer es consciente o no de su ser dominado. El hombre ejerce el poder a través de la dominación y el control y la mujer actual casi siempre entiende y lo siente, pero en ocasiones no puede resistirle, o en otras alimenta su pathos  a la vez que destruye el ethos y considera que todo es fruto de la historia, la tradición, o el nomos `ley´ que representa las normas de la vida. Esta negación, afirmación, o reproducción de la dominación implica una sumisión paradójica, basada en las múltiples dualidades antitéticas en que la mujer ve conformarse y desarrollarse su identidad —aquí es importante tener en cuenta que la identidad no es un constructo sobre el que siempre se tiene conciencia. En muchos momentos, o incluso durante todo el período vital, el individuo puede hasta desconocer este proceso en que se forma y reconstruye su «biografía», lo que no indica necesariamente que no tenga identidad—.

Esta es la sumisión resultante de la dominación a que se ha visto sometida históricamente la mujer. Una dominación ya no solo masculina, sino patriarcal, puesto que el patriarcado es «el poder de los padres: un sistema familiar y social, ideológico y político con el que los hombres —a través de la fuerza, la presión directa, los rituales, la tradición, la ley o el lenguaje, las costumbres, la etiqueta, la educación y la división del trabajo— determinan cuál es o no es el papel que las mujeres deben interpretar con el fin de estar en toda circunstancia sometida al varón» (Sau, 1990: 206).

El poder, en el discurso poético, puede tomar varias direcciones: el poder que otorga la posición ante la escritura —que va produciendo una poética donde se le concede primacía a la Palabra como entidad (re)formadora de identidad y legitimadora del poder interpretativo resumido en el nombrar, escribir, oír, mirar/contemplar, profetizar o denunciar—; el poder de la negación —cuyas vertientes se bifurcan hacia la oquedad, la nulidad, la máscara o travestimiento, la simulación, la fugacidad, el renacer, el vaticinio—; y por último, el poder del deseo-posesión del yo, del otro, de la duda, de la escritura, del cuerpo, de la regresión al pasado para desde él trasformar su condición, de abandonar la tradición para poseer o adueñarse de la libertad en viaje hacia lo indefinido.

2.1.1 Poder que otorga la posición ante la escritura

La posición declarada en la escritura implica poseer el espacio desde donde se escribe para reconstruir la identidad, escribir al otro al extremo de hacerlo parte de su identidad, especialmente al grabarlo en el cuerpo —soporte material de identidad individual—o escribir su definición para/ante el Otro desde el silencio, desde el no diálogo que profundiza la introspección y el cuestionamiento interior sobre la identidad; escribir autocontemplándose donde el mirar es la senda que lleva a la sujeto a la tomar la Palabra otorgante de poder mediante el deseo de querer ser; escribir nombrando, oyendo, reclamando el derecho a tener una condición propia —estrategias de poder a la hora de hablar, de otorgarle nombres a la creación resemantizando y apropiándose del don otorgado a Adán, de renombrarse una y otra vez— o profetizando a través de saberes alternativos: Hechicería sonora,/ pues mis augurios ya son,/ agónico corazón,/ la lira que te devora ... No me dejen que blasfeme/ y que en las llamas me queme,/ Oh, Cábala, del infierno;/ que fenecer sea el invierno,/ ya incienso, en vida pues, heme. (Blanca Blanche, Razones del infortunio)

El acto de transformar la Palabra en entidad y de ver la escritura como derecho, medio o vía de acceso cuyo fundamento o sentido es la reconstrucción de la identidad, se convierte, entonces, en estrategia para conformar un discurso donde el control discursivo, el control de la enunciación, le otorgan poder a la sujeto lírico, deslegitimando las relaciones desiguales en los modelos culturales hegemónicos y legitimando su interpretación de sí y de la realidad conformadoras de identidad alejada de falsos paradigmas enajenantes.

2.1.2   Poder de la negación

En muchos textos de la poesía cubana contemporánea escrita por mujeres, subyace el conflicto de la negación/afirmación como dialéctica de control de los deseos que desemboca en oquedad, el anhelo soñado o pedido representado en la recurrencia semántica que va dejando el empleo de términos como quisiera por ejemplo, la inutilidad, la fugacidad, la simulación o travestismo bajo la imagen de la máscara y la oscilación de los yoes múltiples que pueden mutar de forma paralela, simultánea o alterna, la anulación del yo en el límite, la reiteración del tono, el yo y la cultura de la profecía, así como el renacer del yo que para resurgir, necesita primero negarse, anularse.

El proceso de la negación/afirmación —estudiada por Aristóteles como oposición contradictoria—se relaciona con la oquedad siempre que la sujeto lírico trata de autonegarse para luego afirmarse desde su identificación con el vacío, con la ilusión, con el espejismo que es símbolo de ciclo donde los seres se anulan una y otra vez. Las autoras asumen un discurso plural desde la multiplicidad de perspectivas que le ofrecen los yoes y los distintos sujetos líricos —masculinos o femeninos— que asumen el autodescubrirse cual una experiencia identitaria de búsqueda y reformación, como si de pronto este asunto —cuyo sesgo ideológico va a parar al discurso y se convierte en una actitud contestataria subversiva frente a las normas de la tradición— se generalizara y se transformara de leit motiv a núcleo semántico. Se combinan oquedad, inutilidad, fugacidad, simulación o travestismo con el conflicto de reconstrucción de identidad, produciendo entonces una poética de metamorfosis, donde las sujetos mutan constantemente su condición humana pasando por el vacío, la ilusión, la duda, la plegaria, el deseo, el cuestionamiento, la mirada inquisidora, sin abordar el diálogo como recurso contestatario. Esta poética de las mutaciones va creando una simulación general que enajena y humaniza, a la vez, los sujetos monologantes: seres que se explicitan o se implicitan dueños de un discurso donde se vierten las angustias, inconformidades y deseos de la autora que usa, a su antojo, sus sujetos, cual marionetas en permanente búsqueda pero desasidas del centro, tendientes al límite, al estar siempre al margen. En el texto Abuela Saturnina, de Ada Elba Pérez, por ejemplo, la reiteración de palabras indican un complejo significacional que enrumba hacia la idea de la muerte: «Agosto le estiró la muerte a los dedos./ Agosto le envolvió de muerte las canas,/ apagó de los ecos/ su caminar umbrío en la cocina […] Se agotó en la oquedad de las paredes/ aquella augusta presencia de gesto encorvado,/ fue como un rapto,/ una mentira que empujó las puertas […] y la figura que escogía frijoles con la terraza del patio/ quedó escondida en lo impalpable,/ se alejó hacia atrás/ enclaustrada en su último latido».

La reiteración de palabras como muerte, apagó, ecos, umbrío, agotó, oquedad, augusta, encorvado, rapto, mentira, figura, quedó, escondida, impalpable, alejó, atrás, último, latido, convergen hacia la idea de inutilidad como expresión extrema de negación, oquedad, fugacidad: constituyen representaciones de lo efímero, que también deviene negación contestaria ante lo preestablecido como perpetuo, la norma que encadena la condición humana hacia la inmortalidad, el más allá. Así la poetisa va creando un discurso de negación y afirmación ante la existencia a partir de singularidades que generalizan y extreman el sentido del poder, acusado desde el control de los deseos por medio de la escritura y la fugacidad de lo real.          

El discurso de poder también se encauza desde la negación que produce un renacer o resurgir de la identidad relacionada con el deseo de llegar a ser otro. La voluntad inquebrantable de reforjarse produce inconformidad, deseos de hacer, de crearse otra vida, por eso es evidente el predominio del tono profético, con el que muchas veces se explicita un yo bruja apoderado del saber al conjurar, vaticinar o acercarse al acto de creación o transformación adueñándose del rol de Dios. Se desarrollan estrategias de legitimación, apologéticas del episteme alternativo; y asimismo, las sujetos consiguen la liberación de las normas o modelos centralmente promovidos para proponer otra identidad desde las márgenes.

2.1.3   Poder del deseo-posesión

El deseo como posesión es otro recurso para asumir el poder. En este caso el deseo erótico —traducido como búsqueda del placer sensual tanto desde el yo como a partir del otro— se mezcla con el deseo de posesión-opresión de la otra o del otro buscando usurparle, expropiarlo, apropiárselo —y en el acto de apropiación siempre hay algo que no nos pertenece y por tanto una relación ilegítima con lo «robado»—  para hacerlo suyo. Este matiz del deseo no depende de la entrega, por tanto no hay vínculo mutuos: busca engrandecerse de varias formas al usurparle algo a él o a los otros. Es un deseo originado a partir de la opresión, victimización del o la otra: 

Las/los sujetos poéticos se adueñan y controlan desde sus deseos todos los actos, situaciones, experiencias, sentimientos o elementos relacionados con su yo o identidad. El deseo del yo es posesión, bajo la que puede subyacer por ejemplo, la autofagia, la explicación de sí para autodefinirse, el tono profético, predicador, de conjuro u orden divina como consecuencia del deseo ante el futuro, del llegar a ser. La posesión puede estar marcada también por la relación angustiosa, existencial, del yo en el otro a través de la escritura; por la apropiación del deseo colectivo y de la duda.

El discurso del poder implica, como ya dijimos, estrategias de resistencia y legitimación. A su vez objetiva la dialéctica del control de los deseos como conformador de identidad femenina y posibilidad de liberación ante las ataduras que imponen la tradición y la cultura hegemónica del patriarcado. Los sujetos líricos en la poesía escrita por mujeres proyectan una identidad marginal que desencadena yoes múltiples con el propósito de travestir o simular el superobjetivo que singulariza su discurso: la resistencia ante el poder con tendencia a lo teleológico: poder como causa y finalidad de la existencia humana, tras cuya condición se manifiesta la identidad: […] quiere a mi hijo/ mis estertortes    mi cáscara de amar y aborrecer/ discutimos por eso/ y ella pierde porque yo le tengo miedo/ esa manera de quitarse el aire/ esa forma de voltear el mundo (Sonia Díaz Corrales, La cáscara y la nuez). La posesión, en este ejemplo, es indicadora de identidad y estrategia de poder, de resistencia.

2.2      Deseos

La dualidad deseo-placer incluye la censura como parte de su universo semántico; y se vincula con la culpa, el castigo y otras representaciones, porque sin ellas esta relación pierde sentido y fundamento, e influye en el establecimiento de las relaciones de poder. Por tanto, los significados del deseo se nos presentan como parte de las construcciones socioculturales históricas sobre la identidad: a la mujer se le ha conformado a partir de una relación «censurada» con sus deseos y el placer. El puesto de culpable, por ejemplo es una de las representaciones sociales de modelos mentales creados por la ideología patriarcal para establecer relaciones de dominación.

Subvertir esta relación, deslegitimarla y legitimar otras, en función de la literatura, conduce a la mujer a la reconstrucción de su identidad de una forma diferente.

Según Nelly Schanaith (1986: 171) en la relación deseo-placer, la mujer sufre diferentes oposiciones que definen, esencialmente, su feminidad:

a)        Entre el yo y su pulsión: Si no reprime su pulsión, la mujer atentará contra su proyecto  de realización, porque la idea convencional de  lo femenino no legitima a una mujer sujeto de su deseo.

b)        Entre la ampliación del yo y su ideal del yo: Si intenta alcanzar autonomía, independizándose social e intelectualmente, se encuentra compitiendo con el hombre y «perderá» parte de la condición social que conforma lo femenino.

c)        Entre su superyó: atenta a una moral de responsabilidades, y a una moral de derechos culturalmente compuesta como superior, acorde con los patrones de la ética masculina.

Estas oposiciones determinan los resultados o efectos que la relación deseo-placer va dejando en los individuos conscientes de una identidad construida, lo que posibilita luego la proyección sociosicológica como respuesta contracultural de un discurso de resistencia con predominio de lo síquico, lo emocional sobre lo objetivo y lo oblicuamente tendencioso del sujeto colectivo.

El discurso poético de resistencia acusa la estrategia legitimadora de la proyección y el control sublimado de los deseos, a partir de una poética, una escritura signada por la psyché  manifestada en hechos, experiencias y elementos mentales o síquicos, conscientes, preconscientes o inconscientes. La conciencia o representación consciente es el grado más elevado de vivencia síquica que alcanzan los hechos mentales, las percepciones de la realidad, los actos voluntarios, los sentimientos vividos, etc. Después le sigue —en el propio orden o importancia respecto a las vivencias síquicas— el preconsciente —que Freud lo llama subsconsciente— formado por las representaciones síquicas del ser, conscientes en cualquier momento dado; el preconsciente es la instancia de los olvidos y del almacenaje en la memoria. Por último, el inconsciente es donde se depositan todos los deseos y los impulsos instintivos que se constituyen desde la infancia, absolutamente incapaces de hacerse conscientes por sí mismos, debido a que sobre ellos actúan la represión y el rechazo. Estas tres instancias de la siquis están separadas por barreras, energía de bloqueo o censura para impedir el paso, la contaminación del contenido de una a otra.

Pero el contenido del inconsciente puede aparecer a través de la actividad onírica o la cultural, entre muchas otras; lo que constituye un mecanismo para lograr la realización de los deseos. Sin embargo, la represión impide el paso de los deseos a la conciencia, y el rechazo empuja hacia lo inconsciente fenómenos de la conciencia y del preconsciente. En la poesía cubana contemporánea escrita por mujeres analizada, los responsables de distinguir y fortalecer el discurso de resistencia son: la censura interior [No somos nosotras lo que llamamos/ la atención/ es la ilustre prostituta sibilina/ que gusta de mis ojos/ libando largas horas de jade./ Trata de seducirme... (Bárbara Yera, Libro de las decapitaciones)], la represión, la transferencia y el rechazo mediante símbolos, máscaras y el cuerpo como soporte identitario susceptible de identificar al yo. Todos funcionan inconscientes; de esa manera, fortalecen el control de los deseos y de las pulsiones.

La represión es el mecanismo inconsciente más recurrente en el conjunto de los textos analizados, proyectada a partir de los símbolos recurrentes desde la metonimia y en estrechos vínculos afectivos aguzados por la impronta del recuerdo. En casos como por ejemplo el de Yanisbel Rodríguez Albelo, el deseo sexual  aparece subyugado y sublimado por la barrera de la nostalgia que actúa como mecanismo de represión: Qué tristeza recordar algunas cosas que son como caminos abiertos,/ traer de vuelta la pasión y el entusiasmo,/ los atardeceres a lo Claude Monet en el parque silente y misterioso,/ las telarañas que pintabas distraída, tu risa dislocada por la cerveza,/ la adoración hacia algunos ángeles que agitaban sus vestiduras,/ los guiños, las medias palabras,/ la satisfacción adolescente de disfrutarlo todo/ y perder sólo la ingratitud de algunos momentos («Stevie Nicks ya no canta»). En otros textos, como los del libro Una tela sobre el bosque, de Isaily Pérez, el deseo sexual se concreta a partir de la mirada, donde el punto de vista se pierde en el juego de la contemplación negada o afirmada que detenta una interacción dialógica entre el yo y la Otra donde se entrecruzan la condición de «estar» en el mundo —en el cual se acusan determinantes de la ideología patriarcal— y el deseo de «ser» desde lo que fue —añorado y signado por las marcas del pasado, del presente y algunas veces de un futuro siempre manifestado por su relación causal con lo que ya aconteció de alguna manera—, con lo que se cristaliza una especie de poética de la mirada cuya focalización interna provoca rupturas con el modelo ideológico cultural a partir de las relaciones con el tiempo y la sujeto apuntalada por la nostalgia en constante redefinición de su identidad.

La represión también se encauza desde el empleo de los disfraces masculinos como máscaras femeninas y sino identitario, o viceversa Es casi de noche;/ me tiemblan las manos/ y la voz se me nubla del miedo que tengo... Aquí estoy solo frente a las aldabas;/ en el pecho me duelen tantas sensaciones... Tenía un miedo que me hacía frágil como de cera (Liudmila Quincoses, Un libro raro); así como la visión plural del cuerpo como soporte identitario susceptible de identificar y reprimir el yo desde la contemplación que es descubrimiento material y espiritual Hecha soy porque ascienden/ rugidos a mis piernas,/ por el centelleo en la fuga de las garzas./ Bajo mi brazo se deslizaba,/ pequeño lobo adormecido/ en busca de joyas que aún gotean la piel (Irina Ojeda, «La habitación que daba al mar») metamorfoseado, por ejemplo, con el vestido hecho caricia que también significa develación del yo y del otro o instrumento de autogeneración o autoflagelación donde la sujeto lírico se minimiza para denunciar frente al silencio del poder que le somete y le margina: No puede una escritura tenerme cual me has visto:/ dejada por tu carne,/ herida como estoy de tanto hablar al cielo (Maylén Domínguez, «Habló la de Magdala»).

La represión impide que los deseos y las pulsiones lleguen de lo inconsciente a la conciencia. Las pulsiones sexuales y las de conservación, entre las que se encuentran las pulsiones de muerte, dominan la zona del ello, que es la representación en la siquis de la parte primitiva e instintiva de la personalidad; sin otra norma que el instinto del placer o la satisfacción inmediata de los impulsos. Poetisas como Leidy Vidal, Masiel Mateos, Bárbara Yera, Blanca Blanche, Yanisbel Rguez, Merari Mangly, Ada Elba Pérez, Liudmila Quincoses, Isaily Pérez, Maylén Domínguez, Lisy García, y otras, asumen una escritura saturada de pulsiones sexuales ordenadas y asociadas a las pulsiones de muerte, donde la autodestrucción se convierte en un mecanismo de defensa sicológica ante determinadas sobreexcitaciones pulsionales inconscientes: El deseo es un collar incandescente/ que oprime mi garganta ... Aún en su mudez temible es el poder de un miriñaque/ que escapa de la pantalla/ y cuelga sobre nosotros como una emplomada/ lámpara  (Isaily Pérez, «Bajo el poderío del miriñaque»). Por tanto, aquí estamos en presencia de pulsiones sexuales y del yo como impulsos al servicio del individuo y no de la conservación de la especie.

El conjunto de pulsiones y deseos de lo inconsciente tiende a realizarse de manera inmediata, regido por el principio del placer pero chocando con resistencias surgidas de la aplicación de una censura a partir del principio de realidad. Este choque engendra conflictos en el inconsciente, de forma que los deseos reprimidos afloran de diferente manera, por ejemplo, a través de los sueños o, como en este caso, a través de la poesía. En cualquiera de estos, la censura desvía y desfigura el contenido del inconsciente para hacerlo tolerable en la vida consciente; y hace que sea necesario analizar cómo ocurren los procesos de desplazamiento y simbolización de este a partir de las imágenes poéticas. Es por medio del desplazamiento y la simbolización por imágenes que el contenido de la poesía se transforma en el contenido «vital», permeado de instintos, deseos, ilusiones, ideas, razonamientos, confluyentes desde el ello, el yo y el superyó;  los que a su vez permiten (re)crear la identidad. En la poesía de la avileña M. Mateos, por ejemplo, aparece un discurso construido desde el superyó, desde la instancia síquica donde más que reprimir, la sujeto lírico sublima sus deseos, la libido  dirigiéndola, convirtiéndola en vivencia poética, en emoción. A partir del predominio del superyó, se construye la identidad de los sujetos con lo que representa para ellos —o más realistamente: para la autora— la ley del Padre traducido en orden, norma, o conciencia moral en su sentido más rígido y exigente. Sin embargo, en muchos versos encontramos oposiciones del yo a determinadas imposiciones del superyó, demasiado severas: Rompo, huyo de las rejas/ de su refugiar oscuro. Voy, cálzame de lo puro,/ del graznido de cornejas (Ellas beben café junto al gramófono: 72) o a algunas pulsiones del ello que el yo consciente juzga contrarias a la realidad: El mar se tragará los sueños. Es mejor remar hacia el arrecife, aunque duelan los pies (76).

La transferencia, por su parte, es un mecanismo de resistencia donde las poetisas hacen identificar a la sujeto con otras para transferirle sentimientos que les gustaría expresar hacia ellas. Por esta razón, en los textos analizados sentimos un profundo aroma transtextual donde los poemas se convierten en reescritura de mujeres signadas por la historia y su elección de vida, condenadas por el poder tradicional del patriarcado y sus consecuentes relaciones: María cantó a los salteadores vástagos/ a los olmos y a las escaramuzas de la leche/ en mi cuenco. Subía a tender ropa con su lengua de lluvia/ y diatribas/ subía a abrirnos otras puertas./ Yo puse una ventana al aluvión y tuve la voz ocre/ de María/ en revancha con mis signos oscuros./ Mano exacta para nunca perdeme (Anisley Miraz, «En el patio de la luces María cantaba sus romanzas»). Muchas otras cuyas vidas subyacen en cada verso: una galería de mujeres usada y reescrita para subvertir los arquetipos del inconsciente colectivo  respecto a los sexos y géneros y así ofrecer una lectura de la Historia. Mujeres que traspasaron el umbral de su época asumiendo con dignidad deseos conformadores de verdadera identidad, cuya descripción e idealización va produciendo un discurso de resistencia que rompe las estructuras subyacentes, modélicas, respecto a la mujer; y deviene terapia de choque, símbolo contestario ante las normas de una época que regresa hasta la actual desde sus damas, a las que se les han transferido sentimientos —más que de solidaridad— de comunidad, de identificación/ diferencia con el ser femenino real. En este caso, una identidad reconstruida a partir de la Historia tratando siempre de buscar la verdad de su condición, la concreción de los deseos en la respuesta sublimada ante el poder. 

La resistencia fluyendo por medio del control o la sublimación de los deseos, dada a través de mecanismos como la censura interior, la represión, el rechazo y la transferencia, es la clave interpretativa en el discurso de los deseos como estrategia legitimadora.

3. Últimas consideraciones

La proyección de poder y de los deseos en el discurso poético escrito por mujeres de la zona central de Cuba, constituyen dos claves semánticas importantes para sistematizarla. Sin embargo, podrían también tomarse en consideración dos cuestiones importantes:

1. Tanto el poder como los deseos se proyectan en el discurso poético conformando una especie de lucha por la enunciación e interpretación, transformada y proyectada de manera distinta, imprevista, hacia la búsqueda de identidad; lo que es además  renovación identitaria en que los lectores pueden intervenir y ser parte de la (re)creación literaria, histórica y existencial de las autoras.

2. Analizar estas recurrencias conceptuales se convierte, entonces, en un ejercicio crítico en que se le da luz a la identidad signada por la realidad de cada individuo independiente de su sexo, clase, etnia, poder u orientación. A través del poder y los deseos, cada autora asume un comportamiento discursivo productor de subjetividad.

 

La poesía cubana escrita por mujeres de la zona central de Cuba no dejará de seguir aportando innumerables miradas sobre la escritura y el acto de construir identidades. Por tanto, esta no es una consideración unívoca. No podemos olvidar que en cada lector hay una senda inigualable para perseguir al otro en un soberano intento por apresar la verdad.

 

1.     Sobre el patriarcado, la investigadora francesa Christine Delphy plantea que este concepto «es considerado frecuentemente como puramente ideológico; pero es muy útil ya que indica que la dominación de las mujeres por los hombres constituye sistema» (1995: 1). Otras teóricas —como por ejemplo, Adrienne Rich (1929), poeta y ensayista estadounidense: una de las voces más importantes de la crítica feminista contemporánea—  opinan que el concepto de patriarca puede estar sujeto a discusión y remodelación, sobre todo en pleno siglo XXI y con el auge de las teorías posmodernas. Lo que sí tiene una vigencia total es la cultura de la masculinidad, que se sigue teniendo como la única macrocultura posible, la única creada por la humanidad. Esta cultura de la masculinidad permeó la cultura patriarcal, y ahora es la encargada de llevar la primacía en el pensamiento contemporáneo a escala universal.

2.     La palabra griega psyché significa `alma, espíritu o soplo vital´.

3.     La pulsión es un término cuyo concepto viene del Psicoanálisis, aunque es de origen biológico, lo que pone de relieve su carácter dinámico. Las pulsiones conforman el contenido de la zona síquica de lo inconsciente, y tienden a manifestarse de una forma u otra, lo mismo como al servicio de la conservación de la especie (pulsiones sexuales) que al servicio del individuo (pulsiones del yo).

4.     Entiéndase deseo sexual como la expresión de la libido: más allá del sexo o la genitalidad. Es el deseo del otro como entrega, sometimiento, o posesión, desde la cercanía o la distancia. En ambos casos se traduce como la canalización de la energía controladora sobre el yo y el otro. 

 

5.     El ello es la instancia síquica dominada por los deseos, pulsiones e instintos. El yo es el mundo consciente individual. Entre el yo consciente y el ello inconsciente se extiende el superyó que es la instancia síquica regida por el ideal del yo y dominada por la conciencia moral heredada del entorno moral circundante que, al interiorizar las prohibiciones y mandatos morales socialmente aceptados, actúa como censor del ello. El superyó es la instancia síquica de la represión.

6.     Impulsos inconscientes

7.     El inconsciente colectivo forma parte de la teoría de Carl Jung, discípulo de Sigmund Freud, y supone que más allá del inconsciente personal de cada individuo existe, subyacente a él, un sistema síquico latente, una herencia arcaica que se trasmite de generación en generación y se expresaría en arquetipos con grados diversos de universalidad. Los arquetipos, por su parte, son, según C. Jung, disposiciones hereditarias correspondientes a imágenes y pautas de conducta del pasado expresadas a través de mitos y símbolos. Entre los principales arquetipos están el animus o el anima: imágenes que del otro sexo se forman, respectivamente, la mujer y el hombre.