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Nostradamus

Era fácil anunciar los sucesos

de una reina blanca y de un rey gris,

intuir que el leopardo

acabaría citando al jabalí para su muerte,

y que los dictadores nunca se extinguirán.

Conozco avezados métodos

que rigen el destino de los hombres,

sé de cadenas místicas

y confesiones para purificar la obstinación,

he visto anuncios que terminan

con las más poderosas paciencias,

pero este año se torna cada vez más oscuro

y dudo que haya alguno entre nosotros

capaz de predecir

de qué lado se quedará la vida

y a qué lugar iremos a parar.

Atravesamos una franja del tiempo

rigurosamente absurda,

no podemos decir:

esta es mi casa,

este es mi camino,

esta es mi compañía.

Miramos buscando algún Miguel,

alguien para afirmar quién se esconde,

en qué grumoso bosque,

siendo del todo inocentes.

 

Profetas y pitonisas desistieron,

acabaron gastados en nuestro umbral:

cómo advertir que un día

se unirían en cópula fatal el  placer y la muerte,

que amigos y enemigos tendrían igual rostro,

igual manera, la misma profesión.

Cómo advertir que la gloria de los sobrevivientes

no sería la gloria de la sobrevida.

 

Judío y sabio,

protector alucinado y alucinante protegido,

nunca en tu desolado gabinete

viste perderse el esplendor

como yo he visto el mío huir desde mi cuarto.

 

Por eso,

no voy a intercalar los anagramas

ni el latín que los míos desconocen,

escribo en español  y en duro día

que la llama del siglo se termina

y que cuanto he soñado ha sido en vano.

La presente selección pertenece al libro “En la orilla derecha del Nilo”

Publicado por Ediciones Unión 2000.