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Pasajera la lluvia

La lluvia llegó a ser en la ciudad una evocada pasajera.

Lluvia, la pasajera,

yo quiero transitar en tu humedad muy lejos de este sitio,

pasajera que conmigo naciste en los caminos

de ese otro tiempo nunca semejante,

que obligaste al caído a ser el héroe

y creciste una vez en la angustiosa palma de mi mano

como un raro designio de la suerte.

Pasajera del valle y de la cumbre

donde el sol te sorprende adormecida por todo,

del mismo valle y de la cumbre

donde la luna te mece y te protege.

Pasajera temible que dispones y arguyes y compruebas

todos los signos mágicos del polvo y de la claridad.

Pasajera,

regresa a cambiar la fachada de casa,

a hacer resurgir el eco de colores que se ha vuelto tan triste,

a condenar a los fantasmas del sol en tu humedad sombría,

cae sobre mí y sobre todas las cosas.

Pasajera del abismo inmortal,

adelanta el reloj en la única iglesia

y ven a convencernos de esta vida que a ratos se me olvida

entre papeles y almohadones falsos de lino que incita al paso libre.

Pasajera que si no llegas hoy

habrá que quebrantar quién sabe qué luz mansa o qué animal

que ahuyente este calor de entre mares y tierras

-      pero la pasajera sigue aquí, tras mi pupila y tras el empapelado de la casa,

sin que nada convoque su caída,

su abismarse plomizo

lentamente.

Pasajera la lluvia,

llégate acá un buen rato a colorearme con tu asombro de niña, de vieja, de ama, de reina del absurdo.

Ven que convalezco aún de estas pequeñas muertes cotidianas

y tú puedes sanar mi mueca con tu fresco limpio y discordante cayendo en mi memoria, rodando por el relieve de mi cuerpo.

Pasajera fugaz del surco polvoriento, del camino, del pueblo,

ordena de una vez mi soledad,

pon lo posible aquí,

ordena por favor en este día el horror de mi ser

o mándame al infierno de tu ausencia por años y años y más años.

Pasajera de llanos y trigales más rojizos que el propio resplandor eterno,

la sed consume el pie del abatido

y condena la piel del conducido atroz por la violencia.

Pasajera, no dejes sin llenar mi vaso de paciencia ni de supremo amor,

ni dejes vacía la cordura, ni el pueblo:

ahora sé, pasajera, tu derrota,

tienes lanzas tan leves

que llegas a matarme y no lo siento

más que en el olor a sal, a origen, a humedad.

Lluvia, la pasajera, ven,

orienta el torpe viento que encarcela mis pies,

bate estas tempestades en las que no hago otra función que la de navío,

que la de barco y náufrago

al tiempo que tú callas obstinada en volver al gran recuerdo.

Pasajera que enarbolas furiosa tu bandera de huracán,

de vientos cómplices y contrarios,

desata el hilo que une este batir de ideas con el tiempo,

no vayas a romper el del amor, pasajera constante,

que no existe después la menor vida ni el más pequeño asomo.

Pasajera de aguas y retoños que acaricias el suave monte verde

y la penumbra mística del pozo,

pasajera, extraña pasajera que entornas mis ventanas y recreas mis soles

en las quietas rendijas deslumbrantes en que ardió el sol su esfera múltiple.

Pasajera,

y luego de repente quieres renunciar a traernos la música,

la única música que entienden los sentidos que tú misma bañaste en tu rubor.

Pasajera

la lluvia,

pasajera que olvido bajo el techo, como si fuera posible olvidar el amor.

Pasajera la lluvia:

yo quiero transitar en tu humedad muy lejos de este sitio

estremeciéndome.

 La presente selección pertenece al libro “Tenaces como el fuego”

Publicado por Ediciones Holguín 1986.