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El dragón del silencio

Miro el ojo dorado de la culpa y dentro veo los brumosos contornos de otra isla llamada leyenda.

Me exijo una concentración fascinada para adentrarme en el silencio, para percibir dentro de él las causas de mi constante apego a la casa del dolor.

El riesgo es colosalmente intenso.

Detrás de los nublados horizontes está la mano de mi madre extendida para salvarse. Detrás permanece el que sabe bogar contra la corriente pero no sabe aún vencer.

Se expande el círculo y se inserta la corona arruinada que es el blasón de mi edad, va perdiendo fuerzas la mísera sensación de  vivir acechando las campanas del agua, las formas de la harina, los vacíos en las estaciones de la mesa.

El silencio engendra poder. Dicen que asegura que la dicha surja como el agua de un manantial.

El peligro es inexorable.

Miro el ojo dorado del miedo. En él hay una sombra que me conquista. Es la sombra del día de mi nacimiento. La sombra del lugar donde lloré, la sombra del esfuerzo que se vuelve cada vez más difusa, más lejana, que se deja de ver y queda sólo el resplandor dorado del olvido, y el silencio.