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Tengan piedad de mí que cargo la poesía

Tengan piedad de mí que cargo la poesía.
Esos momentos en que cae el atardecer
y el hombre deslumbrado ve tanta belleza ,
todo el estío y la belleza del dolor caen sobre mí
y siento como el africano su atardecer en llamas
o soy el vecino que se asoma, ciego, buscando la luz.
Tengan piedad de mí que me duelen los perros,
los caballos con el látigo sobre el lomo
y el lazo del cazador vigila para que corra mi sangre
y se agolpen las palabras.
Tengan piedad de mí que oigo el grito de la tierra,
y hasta mi lengua llega el veneno del áspid,
y los sucesos de otras latitudes irrumpen ante mis ojos,
y recojo la lava del volcán,
y ahueco con mis manos el agua de las casas
desbordadas por la lluvia.
Tengan piedad de mí que he caminado sobre el desierto,
arado sobre el mar,
y a veces he sido manto y otras sombra.
Tengan piedad del poeta que en el cuerpo, oh Dios,
repica su corazón campana ante la sordera del mundo,
repica y repica,
muriendo cada día como el albatros de Baudelaire
o el grito de Munch.
Tengan piedad de mí que cargo la poesía.