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Negras, indescifrables profundidades



los párpados apretados de mis hermanos.
Semejan puños que se encumbran
sobre la espalda torcida del destino.

No me comprenden. Tartamudean cuando divisan
las esquirlas que he desbastado al alba.
Simulan puños de alambre los labios de mis hermanos.

El ardor bautismal de la memoria
viene a encauzar la noche:
las ígneas estrellas que no se dejaron deletrear,
mientras nos embarrábamos de ceniza y polvo de maíz
en aquel atardecer cuando padre mordía la muerte.
Heredan ciudades sitiadas, limaduras de hierro
los dientes amordazados de los hermanos.

Las cicatrices del cuerpo dibujaron el futuro como Gorgona.
Tres caminos se abrieron bajo nuestros pies.
Tres lunares sobre el blasón de la verdad.
Los nichos de la memoria apretujaron
la escena donde quedamos solos, mirándonos
en el espejo de piedra que el cáncer resquebrajó.



Cómo salvar el monte de sicomoros
que transité en soledad, brizna a brizna,
mientras el horizonte, doblado por la fiebre del engaño,
iba cayendo en la pureza de nuestras utopías
como fruta podrida.

Ahora que retorno sin aliento, vuelve el sabor
de la primera almendra.
Sostengo el guijarro, las migas de pan
que no avivé en mi estampida.
Y surge en las imantaciones de plata viva
la certeza que me espanta:
Tampoco yo los entendí.

Los orbes hostigan, distienden el azar.
Fauces, cuernos sin rostros se agazapan tras las puertas.
En el ocaso se divisan jinetes de mantos púrpuras,
tiemblan las espadas adheridas a la roca.
¿De la sed y los espejismos del desierto, abjurar ahora?
¿Con qué sopor ensartaremos el latido de átomo, el florecer?
¿Ahogo las renuncias en la noche, la ventana ciega
al paso de los barcos que sus velas despliegan
desde la transparencia al pecho?

No hay marcha atrás.
Empollan el relámpago los ojos de mis hermanos
y yo tras ellos
sin replicar,
me
hundo.