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Después de la lectura de pedaleo de Francis


he descubierto que en un verso mi esposo me mata,
y en otro evita matarme pedaleando sin rumbo la ciudad
mohosa hasta los cimientos, el aire —dice— me salvó del disparo,
lo salvó también a él de la misma bala rebotando en su nuca.
él no sabe que yo leo sus poemas con orgullo
y no es porque el mismo verso donde se exorciza
logre acallar, extraerle filo momentáneamente a la idea,
de matarme y matarse, sino porque me hace visualizar
con un sonido mínimo, verdades que me alivian.
balbucea: “entre los hombres más grandes
y los más pequeños sólo caben circunstancias”.
sabe que nos vamos ganando el olvido
y eso tendrá una inmensa ventaja: en esta vida
nadie nos juzgará por nuestros actos.

puedo sobrevivir a su odio momentáneo, incierto,
mientras oculto al olfato de mis espigas
la herida del disparo que no me dio,
que fluye, indetenible.
puedo sobrevivir al hecho de que napoleón, miguel ángel,
los héroes sin nombre lo sostengan en el andamio
de la cotidianidad y no aparezca yo, sobre otro andamio
aún más endeble, brindándole mis yacimientos como cuerdas.

puedo sobrevivir al dolor de que solo cargue en sus espaldas
los sacos herrumbrosos de mis gritos
y no mi cuerpo intacto como una bandera blanca
sobre su cuerpo en llamas,
y no mis manos deteniendo la avalancha de tanques
con que nos amenaza el tedio de la provincia,
el polvo de sus muros corrompiéndose
bajo la inclemencia del prójimo,
del hambre y de la desnudez de la provincia,
y sus trenes amargos, siempre a destiempo,
y no mis hijos blondos, sus hijos naciendo desde mí,
desde antes de mí, desde lo mejor de mí,
otorgándonos la verdadera trascendencia.

no puedo sobrevivir al mazo del olvido,
a la ausencia de la cierva blanca contra el horizonte
perfilada, caminos soñados bajo la misma pureza.
no se puede sobrevivir a los signos que deja una primavera
sobre el miedo adolescente.
cuánto puede pesar un parque roto en la memoria,
los juramentos derramándose
junto al azafranado olor del flamboyán.
el roce de tus manos en mi asombro,
en la redondez de la angustia.
hay que sufrir mucho para volver a aquel perfume
y encontrarlo intacto en la memoria.


he descubierto que mi esposo me mata en uno de sus versos
o que pedalea la ciudad para no recibir en su nuca
el rebote del disparo que no me dio,
mi esposo que solo intenta un día de estos
sentarse a su lado y conversar,
aun así, cuando leo en sus venas,
los túneles me descubren otros mundos vedados.

 

La presente selección pertenece al  libro " Escribir la noche”

Publicado por Ediciones  letras Cubanas, 2010.

 

 

A mis hermanos Zaira y Lester.
A Neno, el hermano mayor
que no vi envejecer.
A mis hermanos de la Isla partida en dos mitades.