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Que hay en mi que tanto asusta

La líquida pradera de mi infancia

a borbotones se desliza por las grietas

del día. En la albura del paso otro color

se asienta como una mordedura.

Callan mis manos cuando el viento bate

derramando en la estela los límites del sueño.

Callan los riscos por mi párpado abierto

como un ave en el crisol de la mañana.

Y la pregunta se adueña de mi gesto,

sobre mi pecho blande su oriflama como lanza:

¿Qué hay en mí, mi Dios, que tanto asusta

y en alfanje o badajo torna la mano

apenas venda, fruta, cuerda, azada?

¿Quién me anuda la voz sobre el filo del pétalo,

la asemeja a la roca, a la espina en el ojo

de la ausencia? ¿Quién hiere al animal

de trazo torpe que me acerca al contrario?

¿Quién boga sobre el ojo de mi angustia

y doblega la selva de nítidos contornos?

Dios, entorpece el silencio, tu música.

Tú que has visto esos hondos rincones

encallados al alma, el vuelo antes del vuelo,

la muerte alzada sobre un arco de luz,

dime: ¿Qué hay en mí que tanto asusta?