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Camino de Santiago

En la tierra firme hay caminos que llevan a Santiago
pero yo vivo en una isla donde los caminos polvorientos
conducen a otros caminos polvorientos
que se abren al mar.
No hay en mi isla caminos que lleven a Santiago
para hacerme una santa o una bruja en los senderos salvajes
o en los ríos
siempre a los pies del santo que a lo mejor no se llamó Santiago
ni era santo.
Tal vez Santiago fue un guerrero celta
que sacrificaba toros blancos junto al sagrado roble
y cortaba con una hoz de oro las ramas de muérdago y acebo.

—Me empeño en verlo con sus vestidos blancos
como una luz plateada desafiando a los lobos—.

Quiero arrancar su túnica y su espada
en las primeras lloviznas del otoño
—aunque dicen que en Santiago llovizna tenazmente
no importa si en otoño o primavera—.
Las lloviznas de otoño
arrastran el polvo de las rosas, de las flores silvestres,
el polvo cruel que inunda los veranos.
Comienzo a hablar entonces de mi isla, no de Santiago
y de unas rosas que no he podido ver
aunque «una rosa es una rosa, es una rosa, es una rosa»
pero no me retengas en las rosas
porque nada tengo yo que ver con ellas.
Evócame en el muérdago, el guijarro tenaz
que inunda los caminos.
Qué más da que viva en una isla
o que en el mar no haya caminos que lleven a Santiago
si cada quien es el camino.

La presente selección pertenece al  libro "Escuerzos".

 Publicado por  Ediciones Hermanos Loynaz, 2009