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Atávica

Él yace junto a mí, dormido y vulnerable. Resopla como si fuera un niño y hasta una sonrisa se dibuja en sus labios.
Una mujer celta le asaetearía el pecho con el alfiler de su fíbula. Bebe su sangre. Solamente un pequeño sorbo de su sangre que fortalecen cuerpo y espíritu. Quiero decir mi cuerpo, quiero decir mi espíritu; el hombre apenas abre los ojos por la picadura que parece de insecto, se abandona para siempre a mi abrazo. Yo, mujer celta, miembro del clan de mi hombre, me convierto en el clan, me convierto en mi hombre.
Él yace junto a mí, dormido y vulnerable. Un hombre dormido es apenas piedra de templo. Por eso, mujer mexica, abro su pecho con un cuchillo de obsidiana. No tiene tiempo de gritar, de protegerse, apenas un suspiro escapa de sus labios cuando le arranco el corazón. Grande y rojizo, latiendo aún, caliente por la vida que anidaba en él sólo un momento antes. Allí, frente a sus ojos que nunca se abrirán, junto a su brazo que no se armará otra vez contra los enemigos, devoro el corazón como manjar de diosas. En diosa me convierto y en guerrero, nadie podrá vencerme con el corazón de mi hombre en las entrañas.
Él yace junto a mí, dormido y vulnerable. Los vapores del vino aletargan su alma. El vino de Isis, dueña de la mies, es eficaz. No sabe que es mi esposo y mi hermano y mi hijo, que soy su dueña en todos los senderos. Por eso, con la hoz, siego los frutos de su vientre, con los que gozaba hasta hace breves horas. La sangre busca el río. De sus labios, huye el ka y asciende. Sobre una rama verde, se escurrirán al sol hasta no ser sino polvo, abono de la diosa. El ritual dice: «No comerás la ofrenda». Es una lástima. Si pudiera, más grande que Osiris sería esta mujer.

Él yace junto a mí, dormido y vulnerable. «Toco su boca, con un dedo toco el borde de su boca, y voy dibujándola...» Abandono a Cortázar, el que aumentó el caudal del Sena con el llanto que derramó por Buenos Aires. Pero en París llorar es otra cosa. No toco con el dedo el borde de su boca. Pongo la palma de mi mano muy cerca, como si la palma de mi mano fuera un espejo, para atrapar su aliento. Respira. El que duerme, comulga con la muerte. Podría sofocarlo. Pintarle espantajos en el ombligo, y él nunca lo sabría. Andaría en su cuerpo como una serpiente sinuosa hasta lo más recóndito. Puedo darle el beso negro y despertarlo así, anudado, entre mis brazos y mis piernas.
Respira y está vivo. Tan sólo duerme. Por eso, con toda la sapiencia de las mujeres que me han antecedido, con la punta de mi lengua le dibujo en el pecho, en el pubis, las piernas, flores bellísimas que nunca nadie ha visto y mapas y diosas y colinas huecas.

La presente selección pertenece al  libro "Escuerzos".

 Publicado por  Ediciones Hermanos Loynaz, 2009